¿Te has fijado en que hay personas capaces de tomarse un café doble o una bebida energética por la noche y dormir como un tronco, mientras que a otros una sola taza por la tarde les deja mirando al techo?
Cada 1 de octubre celebramos el Día Internacional del Café. Si bien preparar un buen café en casa tiene su ritual y encanto, todos hemos experimentado esa sensación de que, al sentarnos en nuestra cafetería o bar de confianza, la taza parece tener un brillo, un cuerpo y un sabor especiales.
Durante décadas, la fermentación en el procesamiento del café se consideró un simple paso mecánico: un mal necesario para retirar el mucílago (la capa pegajosa rica en azúcares que envuelve a la semilla) y poder secar el grano. Tradicionalmente, este proceso ocurría al aire libre de forma silvestre, dejando el resultado en manos de las bacterias y levaduras ambientales.